
Cuando Jesús bendice,
nadie puede arrebatársela.
Resuena en el alma como inspiración,
aunque sea invisible desde fuera.
Da fuerza para la oración.
Da fuerza para el trabajo.
A veces abiertamente, a veces en secreto,
nos acompaña siempre. El Señor bendice
a su hijo desde el nacimiento,
día tras día,
para que el alma, con especial gozo,
pueda alabarlo siempre, ¡en todo!
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